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Una de las formas más comunes de la culpa por emigrar aparece en relación a la familia. Padres que envejecen, hermanos que se quedan, amigos que siguen compartiendo lo cotidiano. Irse puede vivirse como abandono, incluso cuando hubo apoyo explícito para hacerlo.
Esta culpa no significa que la decisión haya sido incorrecta. Significa que hay lazos afectivos fuertes y que separarse de ellos duele.
Si la culpa por haberte ido te pesa en el día a día, hablarlo en terapia puede ayudarte a aliviarla sin negarla.
Otra forma frecuente de culpa aparece cuando la persona logra estabilidad, bienestar o crecimiento fuera del país. Pensamientos como “yo estoy bien y otros no” o “no debería quejarme” son comunes en migrantes argentinos.
Esta culpa no es gratitud: es autoexigencia emocional. Estar mejor no invalida el dolor ni obliga a renunciar a lo logrado.
Extrañar el país, las costumbres y la forma de vida argentina puede intensificar la culpa. Muchas personas interpretan la nostalgia como una señal de error: “si extraño tanto, tal vez no debería haberme ido”.
Extrañar no significa arrepentirse. Significa que hubo una vida significativa antes de migrar.
Trabajar la nostalgia y la culpa en terapia ayuda a separar emoción de decisión.
A veces la culpa no surge solo de adentro, sino del entorno: comentarios, silencios o expectativas implícitas. Sentir que hay que “justificar” la decisión de emigrar o demostrar que valió la pena suma presión emocional innecesaria.
Migrar no tiene que rendir cuentas permanentes
La culpa por emigrar suele ser parte del duelo migratorio. Se duela lo que quedó atrás sin poder recuperarlo del todo. Este duelo es prolongado porque el vínculo con el país de origen sigue activo: llamadas, visitas, recuerdos, noticias.
Acompañar el duelo migratorio en terapia permite que la culpa no se transforme en sufrimiento silencioso.
Migrar también mueve la identidad. Muchas personas sienten que “traicionan” una historia, una cultura o una forma de ser. Esta sensación puede generar un conflicto interno entre quiénes fueron y quiénes están siendo.
Integrar ambas partes reduce la culpa y fortalece el sentido de continuidad personal.
Cuando la culpa no se nombra ni se trabaja, puede derivar en ansiedad, tristeza persistente o dificultad para disfrutar el presente. Cuidar la salud mental durante la migración implica habilitar estas emociones sin juzgarlas.
La culpa por irse del país no significa que emigrar haya sido un error. Significa que hubo vínculos, historia y amor en el lugar que se dejó. Reconocer esa culpa sin dejar que gobierne las decisiones es parte del proceso migratorio.
Si emigrar te dejó una culpa que no sabés cómo acomodar, no tenés que atravesarlo solo.
En Tu Terapia podés encontrar psicólogos en Argentina que acompañan procesos migratorios y emocionales.
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